sábado, 9 de febrero de 2013

¿MALA O BUENA SUERTE?


De vez en cuando me viene a la mente “La otra parábola del hijo pródigo” que me relató el viejo que conocí en el parque y dejé impresa en este mismo blog. Tenía que tener algún tipo de respuesta. Y miren por donde, creo que me la dio el viernes pasado una buena mujer que conocí en la clínica donde vengo recibiendo rehabilitación por culpa de un accidente.

            Hablando del hecho, la señora me hizo saber que todo lo que nos suceda hemos de aceptarlo desde lo positivo y la buena disposición. Y me contó su experiencia:

Hay personas, como yo, que creen que les ha sucedido un mal y lo que resulta es que han recibido un gran bien sin saberlo. Entonces se rebelan, se enfurecen, protestan, renuncian incluso de su fe... Y no saben que han recibido un regalo del cielo. Desde que me sucedió a mí lo que voy a relatarte, mi vida cambió. Ahora mismo ando mal de las cervicales por culpa de una caída, y estoy haciendo rehabilitación... De lo que me alegro de todo corazón. Por algo será.

            Verás. Hace ya tiempo, subí, curva peligrosa tras curva peligrosa, en un viejo coche que tenía, a la cima de una reconocida montaña, muy visitada en invierno por los esquiadores, y no muy lejana del pueblo donde nací. Desde niña me seducía la idea. Después del atrevimiento, y tras contemplar el bellísimo paisaje que desde ese lugar se divisa, decidí echar combustible en la única gasolinera que allí había. Le pedí al empleado me sirviera 40 euros de gasolina 95. Me indicó que debía pagar en la oficina. Y hacia allí me dirigí. Regresé al coche y observé que al sacar el empleado la manguera del surtidor se derramó una poca en el suelo. Me pidió disculpas. Le dije que no tenía importancia. Me despedí dándole las gracias y me alejé a toda prisa. Poco después de salir de la gasolinera, el coche comenzó a dar fuertes tirones al tiempo que lanzaba un chorro enorme de humo por el tubo de escape. Y así anduve alrededor de dos kilómetros, hasta que se detuvo. Enseguida, comprendí que en la gasolinera se habían tenido que equivocar de combustible. Andando regresé hasta ella y lo comprobé. Y, efectivamente, estaba en lo cierto. Entonces, llamé al empleado y le hice saber de su error. “¿Error? ¿Qué error? Le he puesto gasolina 95, señora”. Me dijo. “Pues eso mismo, que usted no me ha servido ese tipo de combustible, sino gasoil. Sencillamente, se ha equivocado de manguera. Todavía en el suelo está la mancha. Examínela”. Se fue hacia ella, la rozó con el dedo, olió y comprobó que, efectivamente, yo llevaba razón. “Lo siento. No sé cómo ha podido suceder. No lo entiendo.”

            Todo el trayecto que hice andando, ida y vuelta, del coche a la gasolinera, fui quejándome de mi mala suerte, de por qué todo tenía que salirme mal, de que estas cosas sólo me pasaban a mí... Y, mirando el cielo, tan cercano en esa altura, me quejé a Dios agresivamente de lo mal que lo hacía conmigo, de los disgustos que me daba, de lo injusto que era, de cuánto estaría disfrutando de mi infortunio... De que hasta aquí había llegado mi relación con él. Que punto final a mis creencias.   

            Llamé a asistencia en carretera. Y, horas después, vinieron a por el vehículo. Era ya bien entrada la noche. Pasé frío hasta casi congelarme, incluso miedo; más que miedo, terror. ¡Qué cruel era la vida conmigo! ¡Qué mal me pagaba! ¡Qué injusticia!

            A los dos días, fui el taller a ver si ya habían limpiado el depósito del vehículo y estaba en condiciones. Y, ¡oh sorpresa!, mi coche –me dijeron-, cuando llamé a la grúa, iba ya sin líquido de frenos, se había derramado por completo, y lo peor, la dirección estaba muy dañada, a punto de romperse. Una curva más y no hubiera podido controlarlo. Salirme de ella, o de la siguiente, hubiera sido inevitable. Y con ello la muerte. Seguro.

            Me quedé de piedra. Por poco me da algo. Reflexioné avergonzada: ¿Equivocándose el empleado de la gasolinera, tuve entonces, mala o buena suerte? Desde ese día no me quejo ya por nada. Al contrario, todo lo doy por bueno.

            Me volví a quedar desconcertado. Luego, reaccioné. Y, sin saber por qué, entendí que también el encuentro con esta señora había sido por algo. Lo mismo para que le haga saber su experiencia vivida, tal y como ella me lo ha contado, al viejo del parque. A lo mejor, le ayudo. Y eso hago.

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